21 febrero 2017

Pacasmayo

No podía conciliar el sueño. La tremenda inquietud de saber que pronto la vería le hizo imposible el dormir. Era la misma ansiedad de cuando era niño y se quedaba despierto porque a la mañana siguiente tenía un paseo del colegio. Era esa misma emoción, esa suerte de fiebre que le hacía dar vueltas en la cama ante la  inmensa expectativa. Tras algunas horas así, finalmente cedería ante el cansancio.

Habían pasado dos meses. No era mucho, no al menos para otras esperas, pero esta ocasión era distinta a todas las demás. Era la primera vez que se verían desde que consiguió el trabajo en la cementera y se vio obligado a trasladarse al norte. La paga no estaba mal y si bien el cuartito que había conseguido tenía baño compartido, su cercanía a la playa compensaba las molestias.

Despertó con los ojos enrojecidos y la marca de la almohada no se le borró hasta después que marcó tarjeta. Faltaban aún doce horas hasta ir a la plazoleta y recogerla en el paradero pero la sonrisa ya estaba dibujada en su rostro. 

Fue la jornada más larga que le tocó vivir. Trabajar los sábados turno completo era de por sí una tortura pero aquel día fue el más intenso de todos. Al llegar la hora de salida lanzó un grito enérgico cual Pedro Picapiedra. Subió a la primera moto que vio, y se enrumbó a su cuarto a dejar todo listo y ordenado. Tras darse un buen baño caminó hasta la plaza, pero llegó más puntual de lo debido. El transporte se había retrasado y la prolongación de la espera solo incrementaban sus ansias. Cuando por fin la vio descender del bus empezó a hiperventilar. Su rostro estaba pintado de cansancio por lo largo del viaje y su molestia era evidente, sin embargo cuando por fin lo vio afloró una sonrisa y un enorme abrazo no se hizo esperar.

Había reservado un bonito lugar para cenar, pero antes debían dejar la pequeña valija en la habitación. A pesar del hambre que ambos tenían, su apetito por sus propias carnes fue más. Para cuando llegaron al restaurante su mesa ya había sido dada a otros comensales, pero ella no dejó que aquello lo desanime. Terminaron comiendo anticuchos en el malecón.


El paseo junto a la playa, o lo poco que quedaba de ella resultó memorable. Ella amaba las puestas de sol pero en esta ocasión el ver la noche reflejada sobre el mar era un obsequio incalculable. De regreso a su cuartito, él le propuso subir al techo a escrutar el cielo y lo poco que se veía del océano. La botella de tinto estaba lista para ser descorchada y un par de mantas sobre el concreto fueron suficientes para darles descanso mientras se cagaban de la risa a mitad de su incipiente embriaguez.

Al regresar a la habitación él quiso poner a Artaud para darle un fondo especial a su inminente idilio. A ella le daba igual, solo quería desnudarlo y así fue. Nunca supo si fue por el vino, el cansancio acumulado o alguna maniobra accidental, pero sin querer puso el reproductor en repeat mientras sonaba Cementerio Club y la guitarra del flaco nunca dejó de sonar.

El éxtasis fue tal que sus ojos parecían dos huevos fritos con la yema apunto de estallar y todo aquel sexo desenfrenado no fue más que un viaje fantástico sin camino de regreso.

La fiebre había terminado y se auguraba un domingo sin tristezas.



Trujillo 21/02/2017

Créditos de imagen: Janice Sánchez

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