22 junio 2020

Éxodo

Habían pasado tan solo seis meses desde que las Fuerzas Armadas de Egipto habían derrocado al presidente Mohamed Morsi. Mi cabello no era tan gris en aquel entonces y el hambre de aventura de la juventud, ese que se pasea por la frontera entre la intrepidez y la estupidez, me hizo cruzar el golfo de Áqaba en busca de un sueño:

¿Quién no ha soñado con ver las Pirámides? Desde que decidí llegar a Medio Oriente, este iba a ser uno de los hitos de un tremendo viaje lleno de sacrificios. Lamentablemente la primavera árabe había dejado un tufillo a miedo que iba terminar por frustrar este deseo. Egipto quedaba descartado de mis planes pues aún llegaban tristes rumores con olor a pólvora y peligro. El Cairo aún emanaba ese resentimiento y dolor por los más de 800 muertos que trajo consigo las constantes protestas, auto inmolaciones, furibundos altercados y sobre todo, la terrible represión de los últimos años. No obstante, es la vida misma donde los planes son hechos y deshechos, y la determinación del momento te hace tomar las verdaderas decisiones. 

Mi estancia en Jordania había culminado y debía regresar a la segura Israel, pero ya en el puerto descubrí un ferry que salía en una hora hacia el país del frente y simplemente me subí. Los compañeros que conocí en Petra me siguieron en esta locura y una vez arribamos nos montamos a un viejo micro que durante varias horas bordeó toda la península del Sinaí hasta llegar a la capital egipcia. Uno no siempre va a estar tan cerca de sus sueños como para no perseguirlos.

El recorrido fue duro y los rumores que nos habían llegado eran verdad. Durante todo el trayecto nos vimos sometidos a controles militares y a la mirada adusta de los demás. Desde la ventana podíamos ver los restos de edificios bombardeados. Éramos forasteros que no estaban seguros de donde se habían metido, sin embargo ya no había marcha atrás. Nos instalamos en el primer hostel que encontramos y a primera hora iríamos a lo importante: las pirámides.

Se había cumplido un sueño que inexorablemente al día siguiente también llegaba a su fin. La ignorancia o el destino hizo que nuestro último día en Egipto fuera el 8 de enero. Solo nos faltaba visitar el famoso Museo Egipcio antes de marcharnos y fue grande nuestra sorpresa al ver toda la Plaza de la Liberación rodeada de tanques. Aquel día trasladaban a Morsi desde una prisión de máxima seguridad en medio del desierto de Alejandría para finalmente ser juzgado.



El Cairo estaba paralizado. Aquella ciudad de más de quince millones de habitantes había desplegado miles de unidades militares y efectivos policiales para la llegada de tan controvertido personaje. Nosotros debíamos regresar a Eilat y no sabíamos cómo. No había tiempo para volver por donde vinimos pues el trayecto era demasiado largo. Solo quedaba viajar en línea recta hacia Taba utilizando la carretera que atravesaba el desierto, pero con todos los sucesos del día, se nos hizo imposible conseguir transporte convencional.

El del hostel nos hizo el favor de contratar un taxista que se comería el viaje de llevarnos. La tarifa era cara pues el trayecto era peligroso. En el camino habían beduinos que a veces asaltaban a los viajeros y además todo el pueblo estaba en alerta por el tema de Morsi. Teníamos algo de temor ya que no había otra manera de regresar. El temor se convirtió en terror cuando a la media hora de haber partido el taxista nos echó en una estación de gasolina, hablando muy rápido en árabe y nosotros sin jamás poder entender cuáles fueron sus motivos. Yallah yallah yallahenunció finalmente, mientras nos devolvía el dinero pero se quedaba con el poco valor que nos quedaba.

Comenzaba a caer la noche y nos encontrábamos en las afueras de una de las ciudades más grandes del mundo sin ninguna idea de cómo llegar al país de la tierra prometida. Hacía frío y nadie alrededor hablaba inglés, mucho menos español. Tras dos horas sin encontrar solución, una combi llegó a tanquear y de milagro averiguamos que viajaba rumbo a Taba. Tenía toda la última fila vacía justo para que nosotros cuatro cupiésemos en ella. Por fin podíamos regresar.

El camino estaba muy nublado. A los veinte minutos de recorrido la combi paró: algunos viajeros bajaron y otros subieron. Esto se repitió un par de veces más, y nosotros siempre temíamos que subieran asaltantes, pero fue a las dos horas del trayecto cuando tuvimos el primer control militar que realmente nos asustamos. Un soldado entró al vehículo con un fusil en la mano y miró uno por uno a cada uno de los pasajeros. Al ver nuestros rostros foráneos bajó rápidamente del vehículo y comenzó a gritarle al chofer que también había bajado. Estábamos perplejos sin entender que sucedía. Tras discutir, el soldado fue hacia su patrulla y regresó al rato, se sentó en uno de los asientos delanteros y el trayecto se reanudó. La patrulla nos escoltó por al menos cuarenta minutos.

En aquella ruta no podían viajar extranjeros. Hace solo algunos días dos ciudadanos israelíes habían sido secuestrados en la zona. Los militares se tomaron la molestia de resguardarnos hasta que pasara el peligro. Nunca había tenido un viaje tan angustiado. Traté de olvidarme de todo y concentrarme en la inmensidad del oscuro desierto y aquel cielo lleno de estrellas, mientras en mis audífonos sonaba Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

No sé cuánto tiempo pasó cuando volví a ver luz artificial y me di cuenta que habíamos llegado. La frontera estaba a solo unos metros de nosotros y jamás nos habíamos sentido tan aliviados. Al día siguiente descubriríamos que Morsi nunca salió de Alejandría. El mal clima había hecho que suspendieran su traslado.

Trujillo (22/06/20)

21 febrero 2017

Pacasmayo

No podía conciliar el sueño. La tremenda inquietud de saber que pronto la vería le hizo imposible el dormir. Era la misma ansiedad de cuando era niño y se quedaba despierto porque a la mañana siguiente tenía un paseo del colegio. Era esa misma emoción, esa suerte de fiebre que le hacía dar vueltas en la cama ante la  inmensa expectativa. Tras algunas horas así, finalmente cedería ante el cansancio.

Habían pasado dos meses. No era mucho, no al menos para otras esperas, pero esta ocasión era distinta a todas las demás. Era la primera vez que se verían desde que consiguió el trabajo en la cementera y se vio obligado a trasladarse al norte. La paga no estaba mal y si bien el cuartito que había conseguido tenía baño compartido, su cercanía a la playa compensaba las molestias.

Despertó con los ojos enrojecidos y la marca de la almohada no se le borró hasta después que marcó tarjeta. Faltaban aún doce horas hasta ir a la plazoleta y recogerla en el paradero pero la sonrisa ya estaba dibujada en su rostro. 

Fue la jornada más larga que le tocó vivir. Trabajar los sábados turno completo era de por sí una tortura pero aquel día fue el más intenso de todos. Al llegar la hora de salida lanzó un grito enérgico cual Pedro Picapiedra. Subió a la primera moto que vio, y se enrumbó a su cuarto a dejar todo listo y ordenado. Tras darse un buen baño caminó hasta la plaza, pero llegó más puntual de lo debido. El transporte se había retrasado y la prolongación de la espera solo incrementaban sus ansias. Cuando por fin la vio descender del bus empezó a hiperventilar. Su rostro estaba pintado de cansancio por lo largo del viaje y su molestia era evidente, sin embargo cuando por fin lo vio afloró una sonrisa y un enorme abrazo no se hizo esperar.

Había reservado un bonito lugar para cenar, pero antes debían dejar la pequeña valija en la habitación. A pesar del hambre que ambos tenían, su apetito por sus propias carnes fue más. Para cuando llegaron al restaurante su mesa ya había sido dada a otros comensales, pero ella no dejó que aquello lo desanime. Terminaron comiendo anticuchos en el malecón.


El paseo junto a la playa, o lo poco que quedaba de ella resultó memorable. Ella amaba las puestas de sol pero en esta ocasión el ver la noche reflejada sobre el mar era un obsequio incalculable. De regreso a su cuartito, él le propuso subir al techo a escrutar el cielo y lo poco que se veía del océano. La botella de tinto estaba lista para ser descorchada y un par de mantas sobre el concreto fueron suficientes para darles descanso mientras se cagaban de la risa a mitad de su incipiente embriaguez.

Al regresar a la habitación él quiso poner a Artaud para darle un fondo especial a su inminente idilio. A ella le daba igual, solo quería desnudarlo y así fue. Nunca supo si fue por el vino, el cansancio acumulado o alguna maniobra accidental, pero sin querer puso el reproductor en repeat mientras sonaba Cementerio Club y la guitarra del flaco nunca dejó de sonar.

El éxtasis fue tal que sus ojos parecían dos huevos fritos con la yema apunto de estallar y todo aquel sexo desenfrenado no fue más que un viaje fantástico sin camino de regreso.

La fiebre había terminado y se auguraba un domingo sin tristezas.



Trujillo 21/02/2017

Créditos de imagen: Janice Sánchez

08 octubre 2016

Ruperta

Por fin había cambiado el clima, y con él, el festival cultural había llegado a la ciudad. Jornadas de cine independiente, juegos florales, exposiciones de arte, miniferias gastronómicas internacionales y como no, las esperadas noches de conciertos nos delatarían la primera semana de mayo.

Pero no era cualquier música la que tocaban en los conciertos del festival. Por una semana al año, la ciudad cedía y permitía que géneros no comerciales como el flamenco, el jazz, y distintos ritmos latinoamericanos llenasen de alegría la Plazuela El Recreo.

Era el jueves de Jazz, noche tan esperada para Jerry y sobre todo por mí, y allí en la plaza al aire libre empezamos a disfrutar de un evento que nos transportaba completamente a otro sitio.


- Ni si quiera parece que estuviéramos en Perú. Me siento como en Nueva Orleans.
- Tú crees? Hacen este evento todos los años.

Todo era sublime, y el ambiente realmente inspiraba. Fue en ese momento mientras sonaba un segmento de Jobim cuando ella debió llegar. Yo ni me di cuenta de su presencia pero allí estaba, sentada un par de filas delante nuestro. Jerry la había observado desde que entró dubitativa buscando un asiento libre. Tenía el cabello ensortijado, de un color negro azabache, el cual dejaba caer sobre los hombros. Su pálida tez solo hacía que el brillo de sus ojos café resalte hermosamente e ilumine el recinto. Era perfecta para él, o al menos eso decía.

- Que bonita huevón!  
- Quién? - le pregunté al no enterarme de nada.
- La flaca de allí adelante.
- Ahh sí, es bonita.

Empezamos a jugar tratando de adivinar cual era su nombre y restándole interés a todo el concierto.

- Tiene cara de Ruperta - le dije.
- Qué hablas huevón!
- Jaja, okey no. Pero por qué en lugar de estar fantaseando no vas y se lo preguntas? Está ahí sola.
- Y qué le voy a decir? 
- No tengo ni idea. Pero acaso no te emociona pensar que conociste al amor de tu vida en un concierto de Jazz? Suena bien hasta para comenzar un libro.
- Puta tíiiiio. Y pensar que conocí a mi última flaca en Ama.


Pero no. Nunca se lo preguntó.


(Trujillo, 2016)





13 marzo 2016

Las tardes de los domingos

Las tardes de los domingos siempre fueron amarillas, medio anaranjadas.

Era como si un sol a medio ponerse se fijara permanentemente en el cielo para irradiar su luz, generando las sombras adecuadas sobre las cosas adecuadas.

Eran tardes de familia, de visitar a los abuelos. Momentos donde no faltaban los abrazos, algún postre azucarado o una taza de café. Eran largas y breves a la vez, pues en aquellos momentos parecía que el domingo era inacabable y la jornada resultaba sumamente agotadora. Pero ahora pienso lo cortas que fueron, y como no fueron suficientes.

Ya no quedan abuelos que visitar y las tardes amarillas, medio anaranjadas solo traen chispazos de nostalgia, de recuerdos y vacío.

Sin embargo, esta tarde de domingo por fin se terminó de poner el sol.

(13/03/16)



07 noviembre 2015

Nos habíamos amado tanto

La noche caía y Milán nos envolvía. 

Hace mucho que el tren nos había dejado la ciudad entera a disposición, pero no teníamos idea de que hacer o a quien acudir. El hotel que habíamos contratado con antelación no aparecía en la dirección que nos dieron, de hecho nunca había existido; y encontrándonos en plena vía Luigi Galvani, con toda una noche por delante sin saber dónde pernoctar, nuestra única compañía eran nuestras dos viejas valijas y un silencio incómodo.

Decidimos caminar hasta encontrar refugio, pero no sabíamos hacia qué dirección. Eran más de las doce y todo parecía cerrado. Finalmente decidí que vayamos todo recto, pero nuestro paso era lento dado el peso del equipaje. Una ambulancia pasó apurada por la avenida y su sirena rompió el reinante silencio e iluminó brevemente el entorno sombrío que nos rodeaba. Las calles estaban casi desiertas salvo por un par de prostitutas con rasgos de Europa del este que se ofrecían con poco éxito en la esquina siguiente. A pesar de estar en un país del primer mundo, nos sentíamos inseguros e indefensos.



Fátima estaba aterrada, pero su malhumor era peor. El cansancio del viaje y el arrastrar la maleta por varias cuadras la terminó por agobiar.
- Ni siquiera sabemos a dónde estamos yendo.
- Voy a intentar preguntarles a las putas de esa esquina.
- Ni se te ocurra acercarte. Me dan miedo, y de seguro no hablan inglés ni español, a lo mucho italiano. Parecen rusas.
- Pero igual vamos a pasar por allí, no perdemos nada.

Increíblemente las putas hablaban inglés y eran mucho más educadas que los travestis del jirón la Unión. Nos indicaron un hotel que estaba a la vuelta, doblando la esquina de la siguiente calle. Al llegar  mis sospechas se confirmaron. Era un hotelucho de mala muerte al cual siempre iban con sus clientes.
- No podemos quedarnos aquí, este lugar debe estar súper sucio. Aquí vienen las putas!
- Sí, pero solo serán unas horas hasta que amanezca y busquemos un mejor sitio. Además estamos en Italia, no creo que sea tan malo como los de allá.
- Voy a dormir con toda la ropa puesta. Me da mucho asco.
- Al menos deberías quitarte las botas.

El de la recepción solo hablaba italiano, pero no hubo problema al momento de entender nuestras necesidades. Nos dio un pequeño cuarto en el segundo piso. No había ascensor así que sufrimos un poco con las maletas, pero iba a ser el último esfuerzo de la noche, después de todo solo era un piso.

El cuarto era feo y las paredes parecían de cartón, pero al menos no hacía frío y el baño se veía limpio. Me quité los zapatos y me senté sobre la cama. Fátima no se había movido de la puerta. No había dicho ni una sola palabra desde que habíamos entrado. En eso, me miró fijamente y levantando lentamente el índice dijo:
- Escuchas eso?
Un chirrido continuo sonaba a lo lejos. Parecía que estaban serruchando un tronco y cada vez se hacía más fuerte, pero no. Era el zamaqueo de un catre, lo cual pudimos confirmar una vez los alaridos de alguna cortesana estallaron.
- Juan Carlos, no voy a poder dormir aquí - Dijo haciendo un puchero.
- Ven aquí. 
- No quiero.
- Ven aquí por favor.

Se acercó dando pasos asustados hasta que se recostó a mi lado y se refugió en mis brazos. Todo tal y como había dicho, con toda la ropa puesta (incluidas las botas).

Cuando despertamos eran las ocho. Ya había amanecido y los gemidos habían parado. No sé en qué momento me quedé dormido, ni si ella sucumbió al sueño antes que yo. Solo sé que esa noche había terminado y nos habíamos amado tanto.

Trujillo, noviembre 2015


Y bailarás sobre mi tumba

Fui concebido entre libros y cadáveres y un etetoscopio fue mi primer walkman.

Siendo el único No Médico
no tuve más
reparo que
dedicarme a escribir...